sábado, 16 de marzo de 2013

MARGARITA GARCÍA ROBAYO (CARTAGENA,COLOMBIA,1980)



Este era un hombre muy viejo.O quizá no tan viejo,pero sí muy gastado.Se había encogido de esa manera en que se encogen las personas que han padecido mucho sufrimiento físico. Como si el cuerpo se les hubiera quedado en esa pose torcida en la que se abraza fuerte una panza adolorida.El viejo iba sentado frente a mí en un bus que nos llevaba a un pueblo lejano. Al viejo ya no le dolía nada,quizá le ardían los ojos desteñidos con los que miraba la ventana. Pestañeaba de seguido para humedecerlos,supongo.Yo intentaba leer un libro,estaba en la frase "...y siempre quedaba el recurso de marcharse"; y me encantaba esa frase y me encantaba todo lo que venía después - era un libro que ya había leído.Pero la mirada se iba cada tanto hacia la cara del viejo y trataba de no cruzarme con sus ojos.No debe ser lindo para un hombre gastado que alguien más o menos nuevo lo mire,reconociendo en él la peor de las tragedias humanas : el deterioro.Sus manos soportaron durante un rato mi atención : raquíticas,enrojecidas,deshollejadas. Era como si se las hubiera sacado de la muñeca,las hubiera metido en el microondas - uno,dos minutos - y se las hubiera vuelto a poner,sin dejarlas reposar.
¿Qué leés? me dijo el hombre y yo aparté rápidamente los ojos de sus manos."Un libro"... contesté y alcé los hombros. "Ya", dijo él y sonrió,creo. Imaginé que el viejo había perdido la costumbre de estirar la boca hacia los lados, porque esa supuesta sonrisa no le había salido fácil.A lo mejor,a lo largo de muchos meses,la mueca más recurrente del viejo fue la de arrugar la cara y separar levemente los labios para dejar salir un quejido muy bajito, porque ya ni fuerzas tendría para quejarse en serio,o porque cada vez que lo hacía el paciente de al lado lo insultaba. "Cuando yo era joven también me gustaba leer ",me dijo el hombre. Su voz, sorprendentemente, no estaba gastada como el resto de él."¿Qué le gustaba leer?",le pregunté y él me dijo que cualquier cosa. Después,cuando yo había vuelto a simular interés en mi libro y suponía que él en su ventana,volvió a hablar : "Hace mucho que no leo - se llevó las manos a los ojos  y se los frotó - ya no veo bien". Yo asentí cerré el libro,me pareció de mal gusto restregarle en la cara que mis ojos,en cambio,funcionaban perfecto. "¿No me leerías algo,jovencita?",dijo el hombre.Y  no sé por qué ese pedido intempestivo me emocionó : balbuceé que si encantada,esas cosas.Me aclaré la garganta . "Para colmo el mal tiempo..." - volví a leer desde el principio.Y el hombre recostó la cabeza en la ventana,y mi voz duró lo que el resto del viaje.,


de orquídeas,Editorial Nudista,Cosquín,Provincia de Córdoba,2011.

domingo, 27 de enero de 2013

MIGUEL ARTECHE ( CHILE , 1926 - 2012 )


GIRANDO



Y ahora en el espacio,en el oscuro espacio
de la estrella,de una habitación que desconozco :
en el espacio
sin campo,
sin lluvia,
sin manos
y sin ciudades.Ahora:en el espacio,
donde no habita nadie,donde la oscuridad es llanto
sin respuesta.Solo con una silla,y desnudo,
canto :
pero no tengo voz, pero no tengo manos.
Gira y arde en el espacio
mi habitación desnuda.Y canto
a ver si me responden desde abajo.

Y veo como se rompen las paredes,
y veo la luz,y clamo
por las palabras que no brotan.Y el resplandor se acerca
girando.
pero no e tu luz, Dios mío, y el espacio
salta en la noche perdurable. Y vuelvo
a cantar,
por ver si me responden desde abajo.




RESTAURANTE



Este señor que come me conmueve.
Se detiene en un punto de su frente,
y piensa ayeres en la mesa,y miente
este señor que vuelve de la nieve.

Y tose, y se levanta, y me sonríe
como  un señor que vuelve a su pasado
para buscar la silla donde viven
las muertas hojas y el reloj cansado.

Este señor me busca y no se atreve
a saludarme, yo no sé, y me mira
para buscar: se sienta y me solloza.

Este señor anciano que suspira
y sorbe, en las tinieblas de las nueve,
el hambre de la sopa silenciosa.



LLUVIA



Llueve sobre la noche asoladora.
El mundo gira sobre el agua. Llueve.
La noche inmensa sus raíces mueve
sobre mi corazón.La piedra llora.

Sobre mi corazón la piedra llora
llamando a despertar. Mi boca bebe
toda la lluvia de la noche. Breve
será el amor aquí, negra la aurora.

La lluvia empuja el corazón : la puerta
hacia la tierra se abre, sola, yerta.
Las bocas se abren, la montaña bebe.

El mundo tiembla bajo la mañana.
se oye otra vez nacer tras la ventana.
la piedra entra en mi cuerpo. Llueve. Llueve.


de Destierros y tinieblas (1952-1964) según la versión que aparece en Tercera Antología , Ediciones Corregidor, Buenos Aires,1991.

martes, 25 de diciembre de 2012

PABLO de ROKHA (CHILE, 1894 - 1968)


Mordido de canallas, yo fui el gran solitario

 

Mordido de canallas, yo fui "el gran solitario
de las letras chilenas", guerrero malherido,
arrastro un desgarrado corazón proletario
y la decisión épica de no caer vencido.

Sobre la patria arada de espanto, mi calvario
chorrea sangre humana, y un sol despavorido
me va ciñendo el cuerpo de fuego extraordinario,
como un caballo de oro con el freno perdido.

Irreductible al látigo, salvaje e innumerable,
el instinto social me da el imponderable,
y descubro un subsuelo que el drama humano aprueba.

Con tu recuerdo, al hombro, mi rol específico,
y como andando solo, en ti me identifico,
fundo con tus cenizas una religión nueva.


 

Ahora yo me acuerdo (fragmento)

 

Ahora yo me acuerdo de Licantén, orillas del Mataquito,
me acuerdo de la casa aquella, como de polvo, con duraznos, con
membrillos, con naranjos, con un farol, sí, con un farol en la
esquina de la noche y con palomas
llorando más arriba del pueblo del sueño,
me acuerdo de la tía Clorinda, oliendo a chicha florida, y de don
Custodio y de la Rosa y de la Flora Farías y de la beata doña
Rosario y del Oficial Civil y del cura don Liborio,
me acuerdo de los chicharrones y de los pigüelos y los causeos de
don Vicho, y del poruña Abdón Madrid y de la tonta Martina
y del compadre Anacleto y del borracho Juan de Dios Pizarro y
Juan de Dios Chaparro,
me acuerdo de las piaras costinas, tan olorosas a cochayuyos y a
sentimientos de Iloca,
y me acuerdo de los lagares, ciertamente, de los lagares del buey,
arrumados en los graneros, llenos de huevos y herramientas,
"entre junio y julio"
y me acuerdo de las botas y las mantas españolas de mi abuelo,
me acuerdo de la media rayada del silabario y de las enredaderas
polvorientas de la escuela,
y después, Talca, la ácida, la árida Talca,
la lluviosa ciudad negra, seria, fea y atribulada, de santos de
sombra y de aceitunas,
la vieja escuela cluequeando entre los tamarindos,
la vieja escuela primaria, la vieja escuela primaria, y don Tomás,
el preceptor don Tomás, sí, don Tomás, el amigo de Dios, y las
bolitas,
y el volantín azul arriba de la provincia enmohecida,
aquella gran bronconeumonía y los anchos armarios de
carretillas y la vida de Colón, la vida de Edison, la vida deWashington con monitos, y los lacrimatorios del mapa-mundi,
y las matitas de poroto y de zapallo creciendo, ardiendo en los
extramuros del alma,
los caminos de estatuas, apuntalando un sol cuadrado y polvoso,
y los himnos escritos en la piedra, por la oscura mano que nadie
conoce,
[...]
y después, después, las niñas Pinochet
y las cacerías y las borracheras en la montaña, adentro del
espíritu irreparable,
y los versos honestos entre los sembrados, los espinales, los
viñedos y las islas profundas de Pocoa,
que era lo mismo que un causeo de invierno, que era,
y después, el niño inhábil, el confundido, el planetario,
a patadas con los manicomios,
y las cartas lluviosas: "estudia, hijo, las cosechas van
malitas, a la bodega vieja se le cayó el cielo
y a la Chepita un diente, ¿qué te sucede?...
cobra un giro y reza por nosotros, el año inútil, hijo, sí, el año
inútil,
tu mamá te manda un pavito, abrazos, ojuelas y charqui de la
guitarra,
aquí, ya hay violetas, cuídate, van aceitunas, patitas de chancho,
miel, quesitos de cabra, murió el rucio Caroca, tu padre,
Ignacio"...


 

Cantar

 

Te busqué en los mares,
te busqué en las tierras,
¡no te ha visto nadie
y todo lo llenas!

Rumbo de la vida,
ilusión cansada
¿en qué pueblo habitas
y cómo te llamas?

¡Seguir caminando
sin ver el camino!
¡Llorar lo pasado
y lo no venido
con el mismo llanto...!

domingo, 16 de diciembre de 2012

RODOLFO HINOSTROZA (LIMA,PERÚ,1941)

 

 

Con una camioneta llena de chicos soñolientos




Con una camioneta llena de chicos soñolientos
Regresamos a Lima la tarde del Domingo
Cuando la luz declina y en retrovisor
Se desdibujan pueblos polvorientos
Encallados como paquebotes en el desierto humeante
Y de pronto avistamos el mar enrojecido
Mis hijos se despiertan balbucientes, nos tocan sus manitas temblorosas
Y la felicidad, salvajemente, nos roza con sus alas

                                   Dó están ahora, amigo mío,
Los crepúsculos metafísicamente atormentados de París
Dó mi psicoanalista
Que hurgaba con un palito mis llagas purulentas
Hasta hacerlas sangrar rojos fantasmas
Dó las mujeres espléndidas y locas
Que apasionadamente disputaban
Mis despojos de poeta perdido entre dos siglos
Desamparado y cínico

Se han hundido en la bruma de los días
Las ocasiones desaprovechadas
Los viajes minuciosamente desolados
Los poemas que no fueron escritos
Las reconciliaciones perdidas para siempre
Las ambiciones que no fueron colmadas
Los hijos abortados sin un grito

El pasado me asalta sin un ruido
Desde el fondo del Misterio Inmenso e Insondable
Y sin melancolía se queda atrás tirado
Entre dos luces de la carretera
Que avanza sin detenerse
Así como crecen mis hijos implacablemente
Y mi vida se llena de sentido
Mientras regreso a Lima la tarde del Domingo
Con un puñado de niños soñolientos,
Quemados por el sol, sucios de arena,
Con huellas de divinidad en las narices…

jueves, 13 de diciembre de 2012

TASOS DENEGRI (ATENAS,1935)



La dulzura del nihilismo


Tengo la libertad de la caída
esta caíida
es mía
y me pertenece.

27 de mayo 1972
de La sangre del lobo



Confesión

El señor es médico
la patrona es su mujer;
tienen un perro pastor
al que quieren mucho.

No me dejan comer con él.


Marzo de 1986
de La situación de las cosas



traducción del griego Nina Anghelidis-Spinedi,según la versión que aparece en Nexo Literario,Año 1 - Nº2 - Octubre de 1993.

viernes, 30 de noviembre de 2012

EDNA ST. VINCENT MILLAY (U.S.A 1892-1950)




Y tú también debes morir,amado polvo,
y de nada te servirá toda tu belleza;
esta mano inmaculada y vital,esta cabeza perfecta,
este cuerpo de fuego y acero,ante el vendaval
de la muerte,o bajo su helada otoñal,
será como una hoja,estará no menos muerta
que la primera hoja que cayó...,esta maravilla desapareció,
alterada ,enajenada,desintegrada,perdida.
Tampoco mi amor te servirá cuando llegue tu hora.
Pese a todo mi amor,te levantarás
por encima de ese día y vagarás por el aire
a tientas,como la flor desatendida,
y no importará cuan hermoso hayas sido,
ni cuan querido por encima de todo lo demás que muere.

(soneto dedicado al poeta Arthur Davidson Ficke )




según la versión que aparece en  Edna St.Vincent Millay - Belleza salvaje - Nancy Milford - Circe - Barcelona - 2003 - Traducción de Beatriz López-Buisán.

viernes, 21 de septiembre de 2012

DAVID HUERTA (MÉXICO,1949)

                                               



INCURABLE  (Fragmento)


Capítulo I

Simulacro




El mundo es una mancha en el espejo.

Todo cabe en la bolsa del día, incluso cuando gotas de azogue
se vuelcan en la boca, hacen enmudecer, aplastan
con finas patas de insecto las palabras del alma humana.

El mundo es una mancha sobre el mar del espejo,

una espiga de cristal arrugado y silencioso,
una aguja basáltica atorada en los ojos de la niña desnuda.

En medio de la calle, con el ruido de la ciudad como otra ciudad

conectada en la pantalla de la respiración,
veo en mis manos los restos del espejo: tiro todo a la bolsa y
sigo mi camino,
todo cabe en la bolsa del día, incluso la palabra incluso,
un manchón negro en la línea que se va deshojando en la boca.

Si me acercara, con un sonido genital y absolutamente húmedo,

tocando las paredes del miedo con manos espaciosas y una
circulación de letras aplastadas contra la linfa color de olvido;
si me acercara, seco y coordinado en los pliegues, oyendo el paso
de los otros en el techo,
una legión sorda, un estertor de marabunta, un hueso
desmoronándose,
una lluvia caliza por el suelo, en el paladar;
si me acercara, si desmenuzara una figurilla con los dedos que
gotean vino;
si me procurara un placer, un desvío, un tocamiento de nubes o
un roce plateado,
un manoseo en el oro, un deslizarse en la entrepierna de los
muebles para dormir ahí un sueño de saliva y silencio;
si me acercara, dando en el tiempo un acorde caliginoso, un tempo
fúnebre de reunión a oscuras...

¿Cómo comprobar entonces que estás ahí,

construido en el plinto de tu ser sujeto, continuo y manifestado
como un dato hundido en el fango de la evidencia,
pensando en medio de las cosas, entero y positivo como un
número estupendo? ¿Cómo saberlo, cómo sacarte de la
multitud.
del tiempo, de los apretados espacios ponerte frente a mis ojos
como un discurso impreso,
como una tinta fluvial en las venas del mediodía?
¿Cómo sentir el jugo de tu vuelo, tu anatomía que fluye entre los
objetos maltratados;
tu percepción que registra el mundo como lo que es, la mancha
en el espejo, el simulacro?

Mundo foliado, espacioso, apretado: riqueza sumergida en la

extensión del constante naufragio,
las palabras del alma selladas con un frío fuego, una flama
desprendida de las cuerdas del sábado,
un fulgor bruñido y biselado contra el pecho de los recién nacidos.
Mundo de signo y de silencio, mundo manifestado,
con sus seres atados y sus congelamientos al borde, su
derramamiento neutro,
su orilla abstracta, su cartílago ciego.
Mundo de ser, de no-olvido, establecimiento de ruina y
llamarada.
Mundo de olvido, un revés negro, barnizado con los datos de la
proximidad,
temblor del no-ser: cajas transparentes atraviesan las orillas del
incendio como almendras cargadas de sentido,
un sentido de mundo en regreso, un retorno enmascarado, perros
en el callejón de la noche muerden las nalgas de los viajeros que
se bajaron en la estación equivocada,
la cerrada sala donde le reciben para consagrarte a tu propio
fantasma, entre tazas de té, peltre, porcelanas, galletas
fúnebres,
la pared que exclama con un ardiente ojo de buzo que en sus
piedras puedes ya sumergirte, para descubrir, en los pliegues,
un continente minucioso, atlántidas intramuros, vaticanos espesos
de tesoros absurdos,
micenas lastradas por desconsuelos concretos, escrituras arcaicas
jeroglifos velocísimos que
te esperan bajo la piedra serena, gris, política, adverbial.

Larvas o simulacro de Egipto, el mundo es una abertura en el

agua del espíritu, muesca
en el tiempo y en el espacio, hendedura sutil o desesperada.

Dominios del vientre de la cosa, la material, reino y pasto

del mundo,
yesca dormida en el navío de las palabras,
encendimiento, línea del canto, capitular de las palabras
iniciales,
objeto lloroso o consumido, sequedad, baba, veloz certeza
y muelle de todos los fantasmas.

Materia del yo, un descenso órfico en el deseo,

un tocamiento de lo que se derrama, sin centro ni asidero,
un pozo limitado por el norte de las palabras y el sur infernal o
egipcio
de lo reprimido, postergado, diferido, abandonado en los jardines
horrendos del pasado.
Un collar de quietud rodea los espaciosos milímetros del yo,
un silencio blasfemo, un ídolo entre las manchas.
Ah, las cosas y la materia del yo, como un humo paralítico:
charcos, tarjetas perforadas, jazmines, gavetas, ceniceros, gansos,
páginas, ferrocarriles
—las teclas, pulsadas con un dedo y otro, el yo encerrado en las
caras augustas de la civilidad,
transido y tambaleantes. Luego la errancia, el desprendimiento:
un hacia, las varillas del abanico que se abre en los alveolos
para que respires un mar en cada sorbo, una playa en la lengua
que tocaba las bordadas comisuras de la muerte o el trabajo,
un rincón para estirar las piernas como un coloso, fumando el
azul despliegue de la vida, en la luz que roza las instantáneas
babilonias de la vacación.

Anadiomena, niña en harapos, epifanía en la sal de los torrentes,

pedazo de Niño en la tela del mundo: modo del abrazo,
llama en la oscuridad, extravío y dolor estriado de placer.
Lo que en Anadiomena no es persona levanta sus constelaciones
rumbo a tus argumentos,
duración en libertad inscrita en el maelstrom de sus ardientes
diferencias.

Cosido a la secreción por los bordes de mi traje-centauro,

avanzo en el chisporroteo de las diferencias, labrado en el
segundo y consumido siglos más tarde cuando el minuto acaba,
con mi máquina de sentir edificando partenones a mi paso,
escribiendo en el nomadismo el parche o la sutura de donde surjo,
exhausto en mi boca-mediterráneo y diseminado, tan derramado
en la cinta del mundo
que la maleza del yo transpira como una excrecencia en el
desierto que dejo atrás,
conjugándome con las estrellas en reposo, expuesto al tiempo y
al espacio y a la materia,
como un grano de platino manifestado en las solemnidades del
Ente,
como un desperfecto obsceno en una estructura longilínea.

Adivinar en los almacenes de las palabras dónde se esconde el

rayo, el escondrijo del mundo en la bolsa del día,
la página mercurial que no ha sido escrita y cuya blancura está
recubierta con la tinta de los deseos desalojada por
los nombres,
vagabundeo en busca de esa adivinación en la escuálida y
pegajosa luz de este almacén,
abandonado por las noches y espolvoreado por el hisopo lejano
de un chispazo de fiebre: Este almacén de palabras
donde te sientes el oscurantista, el tuareg, el
animal, el monstruo en la laguna de las denominaciones,
el gato negro sobre las piernas de la reina de las palabras,
el intruso sin credenciales, el prófugo, el anegado, el ladrón
de instrumentos ortopédicos,
el que traga nueces con cáscaras, el que bebe el menstruo en una
copa pompeyana,
el que se asusta con sus propios reflejos, el que pena en la
madrugada de las vacaciones afantasmadas, el que se pone
verde
cuando piensa en su madre con las piernas abiertas y no
precisamente dándolo a luz,
el que tiene una lengua telescópica, el que se duele por ausencias
inventadas y por melancolías falsas,
el que baila una danza de gusanos, el que construye murallas
chinas en sus labios agujerados,
el que brilla como una brújula rodeada de nortes,
el que se lanza en la corriente para rescatar una dentadura
postiza como si fuera una civilización a la deriva,
el que sabe callarse en medio del estruendo, el que se pone las
manos en la entrepierna y aúlla como una hidra delirante,
el que se siente un islote y oye el rumor del mar en la
profundidad de los rostros.

El almacén de las palabras es un lugar extraño, húmedo, una

galería sigilosa, un hospital dormido,
Cardumen candoroso, con su latinidad a cuestas,
difícil, fosforescente como una omega 'en el pizarrón de las
etimologías'.
Ojiva o multitud, ramo de piedras, rocas, en el oro del nombre,
siemprevivas palabras, 'oscura siembra' en la cúspide sorda y
monumental del mármol sonoro.
El almacén es un espacio trémulo, una tecla genésica
que el mundo amplifica hasta la magnitud mortuoria del réquiem
o la súplica.
El almacén de las palabras: el almacén de las palabras.

Saturado en la diseminación, por los bordes del
no, exhibido en
las cosechas del silencio,
busco el margen, el medianil, el uranio de un linde, límite para
el dinosaurio que invade mis egiptos,
mis instrumentos blancos de tiempo, canosos, del movimiento que
me implanta en los espacios interminables.

Un sistema de máquinas horrendas invade el almacén,

un corte aquí, nueve allá: hervor de nombres, el cancerbero de la
historia hila con sus ladridos la camisa de los atormentados,
caen los siglos como pedruscos en lo negro de la medida,
en la ceguera de la totalidad: mundos lineales, tejidos al olor
de una cercanía, de una multiplicidad,
de un espanto arborescente que se agita en el sonido seco de un
chasquido que anuncia la eternidad.

Uvas, nombres a la deriva en las espaldas de la biblioteca,

autores y personajes pálidos contra el cielo del tiempo... y lo
que sobrevive son las uvas, sus oscuros fulgores,
planetas mínimos en el cosmos que simula el jardín. La tarde
serena está bordeada
por las uvas: la tarde, su perfil griego y su morado vinoso, sus
mitos, sus racimos de sombra neutralizada,
sus cavernosas ingenuidades, su naturaleza enorme y
desordenada.
La tarde, aquí, es un esplendor estadístico,
un sosiego de proliferación, un estallido múltiple. Cantidades
magnetizadas la bordean
—y más adentro fluyen las uvas como espectros germinativos
bajo los microscopios que nos habitan,
amplifican el mundo y nuestra soberbia de Conocedores.

Letra en las Pléyades, promontorio y profusión de lo que recubre

la escritura,
un modo de construir la ciudad del Sí Mismo para luego
deshabitarla
con el silencio de dejar de escribir, habitado por la tenue
blancura que deja el sabor de la estrella escrita
en el paladar fantasioso. Una blancura, una muerte,
un hacerse el muerto con el sueño desprendido junto a la
Cabellera de Berenice,
el sueño manchado de cafeína y derramado tres y seis veces en el
cuerpo anguloso de un cuaderno, de una página.
El Sí Mismo hurga en la escritura, en la escena, el texto de sus
errancias: quiere fundar una ciudad.
Una ciudad o una eternidad, un disfraz con su máscara roja para
ser el flujo demoniaco
que lo instale en el siempre labial de sus proclamaciones, como
edgarpoe en el poema de mallarmé, igualmente,
tel qu′en lui-méme enfin l′éternité le change, el grano milenario,
la llanura de sus centímetros propios,
los instrumentos del Sí Mismo para la cirugía de no-moverse,
como si la inmovilidad fuese la eternidad,
y no el fluyente cauce, la máquina que cede y recorta, la letra en
las Pléyades de toda escritura,
la Cabellera de Berenice que encanece furiosamente, iracunda en
sus mares astillados,
por la brisa tenaz de la escritura y de su progenie-minotauro: la
sedosa y ardiente carne de las imágenes.

Cambio, me modifico en los límites del mes,

en el zócalo del jueves, conociendo mi gerundial sangre en los
labios, mi puño ciego,
mi incorrección al vestir, mi genitalia archivada a las once de
la noche,
lejos de todo sexo y de todo calor, hirviendo de deseos por la
avenida San Juan de Letrán
y mirando el barniz del otoño alrededor de las cosas como una
cinta de hojas secas,
mirando la fecunda imagen de la ciudad siempre recién
descubierta,
las articulaciones de un mundo nuevo, de un mecanismo
planetario o lunar
que arrastra en su corriente fresca las cantidades humanas, las
estructuras vivas,
las magnitudes que rodea esta luz empapada de ruidos,
chasquidos, rumores, demoliciones que el instante opera
en el interior de los objetos y de los corazones expuestos bajo
el peñasco del minutero...

Modificado avanzo por los huecos babélicos, y modificándome

más aún hasta la raíz de los cabellos,
y Proliferando, fluyendo solo y silencioso, esmaltado por una
blancura de muerte que me instala en el centro de su grandiosa
almendra generadora, de su matriz lunar,
entre los pudrideros, entre la basura inmaculada y meditativa,
sorda acumulación que no cesa... Respiro en las
diseminaciones ficticias y azarosas del yo monumental,
funerario,
como un pulso de partículas, de caras, de mediterráneos, de
manos acercadas a mí, de especies, de hileras palpitantes
que se sumergen bajo mi peso en el asfalto nocturno, me rodean
y me sumergen a su vez
hasta las líneas negras de una población donde renazco ofrecido
al trazo reinante de la fiebre,
países petrificados en un contrasentido de avance y fluvialidad,
confederaciones deseantes que enganchan el mundo momentáneo
a la ceniza de los siglos, pálidas reuniones rotas por la
desfigurada cirugía de la historia
y sintetizada en los trémulos rasgos del ahora o nunca.

Me modifico en la sustancia extraña del mes, hago trámites, me

confundo y recuerdo, me visto y me confieso,
percibo los deslizamientos de la duración en la humedad marchita
de mi boca,
en el temblor amenazado de mis manos, en el funcionamiento de
mi estómago,
en las intermitencias de la debilidad física, laminillas de
niquelado cansancio en la llanura muscular,
en la resistencia cada día más débil que opongo a lo que
convengo en llamar las circunstancias.
(Es el invierno obstinado y obsesionante este lugar donde,
tembloroso y con los dedos manchados de tabaco, hago
cuentas
para sacar algunas conclusiones sobre mí: estoy en un invierno
que dobla, en el follaje del yo, un matinal espectro;
que dobla una metamorfosis árida; que dobla en fin la
aprisionada tela de la persona civil
y la deja, como un atado de ropa limpia, para la ingente y fértil
'próxima vez' del ciudadano que soy.)